26.4.07

Artificio

Cierto olor peculiar anidaba en mis fosas nasales alimentado un ligero dolor de cabeza. Algo mareado contemplaba a mi alrededor como una estepa helada recorría hasta donde alcanzaba mi vista. Un par de almas humanas deambulaban sin rumbo mientras eran acechadas por un diablillo tras un arbusto. Ante mi, una figura gigantesca me ayudaba a incorporarme mientras recitaba alegremente ciertas normas: "en silencio permanecerás/hasta que ella te lo diga/No quieras escapar/puede que yo te siga/Cumplirás con tu pena/hasta que el hielo devore tus venas/porque al fin has llegado/a este infierno helado...". Acompañando sus palabras con una risa nerviosa me obligaba a caminar a través de aquellos campos helados. Ni siquiera era consciente del lugar en que me encontraba. Tan solo pensaba en dos cosas: incluso ahora seguía caminando más de la cuenta y para colmo la pena sentida por Áspera había arrebatado mi vida. De saber que acabaría así, me habría enfrentado directamente a Asot varios días atrás.
Tras muchos pasos, la figura gigantesca se desplomó en el suelo haciendo una reverencia. Ante ella se encontraba un ser de hielo con forma humana observándome con interés. Cuando apoyó la palma de su mano en mi pecho pude sentir como una sacudida atravesaba los escasos jirones de ropa que me protegían del frío. "Ahora deberías sentirte mejor"-dijo. Y así fue. El olor extraño desapareció y mi dolor de cabeza se esfumó con la misma rapidez. El ser de hielo chasqueó los dedos y comenzaron a brotar del suelo bloques de piedra helados, alineándose unos tras otros y formando en poco tiempo un pequeño refugio. Me encontraba aún algo sorprendido como para hacerlo más, así que simplemente me limité a observar. La figura gigantesca se retiraba balbuceando alguna de sus rimas mientras el ser helado me invitaba a tomar asiento en una improvisada silla pétrea. "El arte de la mentira -comenzó a decir- data de muchos siglos. Incluso antes de que los planos se consolidasen, los vientos soplaban calumnias para confundirse los unos a los otros. Lo que has vivido estos días ha sido una gran mentira a los ojos necios, pero una necesidad a los nuestros. Tú fuiste engañado con el fin de seguir a una dama desde la taberna. Asot fue estafado creyéndose dueño de poderes a cambio de enviarte al reino a cumplir parte de nuestro encargo. Tu rey fue engañado durante varias semanas con ensoñaciones donde veía cómo tú y aquella a quien llamas Áspera arrebataban su reinado. Por suerte, volvió a ser engañado cuando no te reconoció. El hecho de que ahora permanezcas en éste plano se debe a que fuiste tú quien tomó la última decisión en vida y a que sucedió en ese preciso lugar. De haber acontecido lo mismo en algún otro, probablemente habrías acabado entre las lamentaciones de otro infierno distinto".
Sus palabras resonaban en mi cabeza como si pudiese despertar de un momento a otro, pero nada sucedía. Siguió hablando y explicando lo que me aguardaba ahora y los motivos por los que había sido elegido para llevar a cabo una especie de defensa de los planos, remontándose a épocas y lazos consanguíneos de los que nunca había oído hablar, hasta que al fin una imagen familiar apareció ante nosotros. Por primera vez, Áspera me sonrió y dijo: "No te hemos elegido por quien eres, sino por lo que serás capaz de hacer".

Y los años demostraron todo lo que pude hacer.

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18.4.07

Cumplir un trato

Entre mi destino y yo tan solo mediaba una puerta. Llevábamos días atravesando pueblos y ciudades para llevar a cabo aquello que vendería mi alma en muerte pero otorgaría libertad en vida. Mi aspecto había sido convertido al de un anciano octogenario, salvo por todas las habilidades que seguían manteniéndose constantes. Gracias a esto tuvimos una gran ventaja para disuadir cualquier sospecha por parte de la gente. Áspera, a pesar de su transformación, seguía irradiando una belleza interplanaria al mundo, convirtiéndola en el blanco perfecto para miradas lujuriosas, lo que me hacía madurar la idea acerca de su auténtico atractivo. Sin embargo, esa cuestión carecía de importancia en aquel momento. Habíamos atravesado las entradas principales y sorteado a los guardias que patrullaban la zona sin llamar la atención. De no ser por las habilidades mágicas de Áspera probablemente habría sido ejecutado si alguien me hubiese encontrado allí en aquel momento. Exhalando un último suspiro inocente abrí la puerta y observé toda la majestuosidad de los aposentos reales, junto a su soberano dándonos la espalda. Procurando cumplir el trato en el menor tiempo posible aferré una de mis dagas vírgenes de sangre y pedí que se volviese. Su rostro no delató ningún tipo de sorpresa al ver un ser hermoso y un anciano armado, lo que en cierto modo resultó una desventaja para mí, pues estaba habituado a comenzar una reyerta en cuanto se abalanzaban intentando defenderse. Con aire grandioso caminaba hacia nosotros mostrando su elegancia real, declarándonos los días aguardados hasta este momento, lo que explicaba su ausencia de asombro. Dejó caer su capa y desenvainó una espada casi tan grande como él, sosteniéndola con una sola mano, para abalanzarse sobre nosotros. Todo ocurrió más rápido de lo deseado. Con una fuerza sobrehumana me arrojó al suelo con su mano libre y lanzó su primera estocada, pero su destinatario no era yo, sino Áspera. Desde el suelo contemplé algo aturdido como había sido ligeramente alcanzada en un brazo, mientras con el otro comenzaba a emitir uno de sus terribles hechizos. En poco tiempo aquello se convirtió en la batalla que jamás había esperado. Un rey completamente desconocido para mí enfrentado a la que había sido mi compañera de viaje durante los últimos días. Los golpes y conjuros fueron sucediendo mientras yo intentaba incorporarme, sin ser consciente de a quien debía temer más; hasta que Áspera cayó al suelo mostrando por primera vez un gesto de dolor. Me tambaleé tan rápido como pude hasta ponerme a la altura de los contendientes pero recibí una patada que volvió a alejarme, junto a una mención acerca del engaño al que me habían sometido un traidor y una tiflin aprovechada. Ahora aquella espada estaba a un dedo de rebanar el cuello más hermoso de Athowyard. Sin saber por qué, supliqué clemencia por su vida. Quizás fue por el tiempo compartido. Quizás por la beldad que amoldaba su rostro. O simplemente porque no veía justo aquel final. Mi rey juzgó el momento con una sola palabra, "jamás", y su espada sentenció.

Aún no me explico cómo pude hacerlo. Antes de que el acero atravesase su cuerpo, mi mano tuvo tiempo de extraer el cristal mágico guardado tan recelosamente para una ocasión desesperada. Podía ser que ninguna existencia no planaria saliese viva de aquello, pero salvaría una vida que extrañamente me importaba. Y la oscuridad llegó...


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12.4.07

SE BUSCA



Mujer tiflin, por incendiar hectáreas de terreno sin consentimiento, hacer volar animales de propiedad privada, atentar contra la seguridad de ciudadanos de las tierras Athowyard, torturar personal de la guardia real, robar objetos de valor inconmensurable, hacer desaparecer hogares de las tierras de Athowyard, reclamar ilícitamente terrenos pertenecientes a nuestro rey...
Acompañada por esclavo varón humano, por quien también se recompensará en caso de entregar vivo.


Así rezaban los carteles colgados a las entradas, salidas y básicamente cualquier rincón de cada lugar por el que pasábamos, acompañado por supuesto de un dibujo cada vez mejor definido a medida que se incrementaban los delitos. Aunque la verdad exageraban, pues la mayoría de lo mencionado había sido añadido por cortesía de la imaginación lugareña. Lo que más me molestaba no era que me creyesen su esclavo, sino el temor de no pasar desapercibido a través del próximo pueblo que cruzásemos; ya resultaba suficientemente extraño un par de forasteros como para que uno de ellos fuese algo más extraordinario de lo normal. Ante mis quejas, Áspera sonrió y, temeroso por lo que acompañaba a esa tiflin cada vez que emitía algún tipo de satisfacción, extendió su mano hasta apoyarla en mi cara. Al momento, el dolor fue tan intenso que llegué a perder la vista y caer al suelo, retorciéndome de dolor y creyendo que mis músculos se desgarrarían de un momento a otro, hasta el completo desvanecimiento.
Cuando volví a la consciencia había recuperado en cierto modo la percepción. Áspera me contemplaba con la cabeza ladeada mientras articulaba unas palabras acerca de la imposibilidad de reconocernos ahora, mientras me daba la espalda y proseguía el camino. Me incorporé y observé mis manos... o al menos lo que debían de serlo.

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10.4.07

Áspera

Parecía como si en los últimos días los caminos hubiesen existido tan solo para mí. No dejaba de caminar de un lado a otro y la poca comida que podía ingerir resultaba tan escasa que mi cuerpo comenzaba a quejarse con todo tipo de sonidos. Tras el trato pactado con Asot emprendí mi marcha hacia el reino de Athowyard acompañado por Áspera, cuyo objetivo era vigilar en todo momento mis pasos. Lo poco que había podido descubrir de ella es que se trataba de un tiflin un tanto peculiar: poseía la capacidad de polimorfarse, convertirse en incorpórea a su antojo y su potencial mágico era incluso una incógnita para el propio Asot; al menos, así era como la describía. Desconozco los motivos que llevaron a una tiflin y a un guarda sin escrúpulos a hacer un trato de tal envergadura, pero las obligaciones que pudiesen tener cada uno no formaban parte de mi interés, puesto que la necesidad de huir y seguir con vida resultaba más importante.
Así pues, nos encontrábamos camino de convertirme en futuro regicida bajo la perturbadora y atractiva mirada de un ser mestizo según el cual, por propias palabras de Asot, me obligaría y ayudaría a llegar hasta mi misión ante cualquier adversidad que me encontrase. Al principio me resultaba extraño pensar que hubiesen decidido optar por mí en lugar de hacer uso de todo el potencial que exhibía dicho ser, pero pronto recordé la imposibilidad de obligar a cometer tales actos a menos que resultasen complacientes para ella.

A medida que avanzábamos trataba de estimar la cantidad de días que nos llevaría llegar hasta mi destino y la posibilidad de sobrevivir a una huida siendo presa de un cazador como Áspera. Mis pensamientos fueron perturbados por unos asaltantes en nuestro camino; montados en sus enormes caballos ofrecieron el clásico trueque de dejarnos con vida a cambio de todo el oro que llevásemos encima. Mientras una de mis dagas comenzaba a asomarse para demostrar que no era mi primera vez, Áspera comenzó a reírse manifestando que tampoco era la suya.

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6.4.07

La misión

  Tras llevar caminando el tiempo suficiente como para que mi cuerpo se resintiese por el cansancio y el hambre, Áspera se detuvo. Decidí llamarla así puesto que, además de mostrarse reticente a mantener una conversación medianamente prolongada conmigo, tampoco mostró
actitud ninguna en desvelarme su nombre. Nos encontrábamos en mitad de un prado, sin nada alrededor excepto hierba, así que me emocione pensando en las palabras mágicas que solían decir los hechiceros en estos casos para hacer aparecer ante ellos algún tipo de entrada secreta
o edificio imperceptible al ojo corriente... pero nada. Solamente estábamos en medio de la voluptuosa naturaleza, observando hacia ninguna parte y sin nada que hacer.

Tras un largo silencio y ausencia de movimiento comenzaba a sentirme lo suficientemente
aburrido y engañado como para volver a emprender un camino en solitario, así que con una palmada en la espalda decidí despedirme de mi silenciosa compañera. Fue entonces cuando las cosas comenzaron a perder aun más el sentido. Al intentar tocar su hombro mi mano la atravesó, haciéndome perder el equilibrio ante tal inesperado hecho. Comencé a recorrer su cuerpo con mis manos para comprobar su incorporeidad mientras Áspera comenzaba a reírse apasionadamente, llegando incluso a alcanzar la sensualidad. Esta vez sí me habían atrapado. De mis bolsillos extraje los últimos fragmentos de cristal explosivo y, alzándolos en el aire, amenacé con utilizarlos y hacer desaparecer aquel pedazo de tierra con todos los que allí nos encontrábamos, a menos que me diesen alguna explicación rápida. Otra carcajada, esta vez de varón, añadió más incertidumbre a los hechos, salvo que en este caso
resultaba familiar. Asot, capitán de la guardia más veterano, apareció ante mi de la nada. Sorprendido por aquellas habilidades mágicas recientemente adquiridas, apunté que antes de atraparme seríamos los dos pasto de gusanos si pretendía encerrarme de nuevo. Él tan solo negó con la cabeza e hizo aparecer más guardias con la prodigiosa facilidad como hizo consigo mismo. Ahora vamos a hablar de negocios. Ante una situación como esa, las posibilidades de escapar vivo se reducían bastante, así que me vi obligado a escuchar su oferta.

Asot explicó con sencillas palabras la tarea a realizar: elimina a nuestro rey. La recompensa era la libertad de huir a cambio de quitarle la vida a un soberano capaz de mantener un reino
con cierta cordura durante varios años, a quien había jurado fidelidad hasta el momento en que las cosas se complicaron; era lo más rastrero que me había planteado jamás, pero también era la única vez donde realmente mi vida estaba en peligro. Con actitud inmoral estreché la mano del capitán mientras la risa de Áspera seguía resonando de fondo.


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2.4.07

El encuentro

  Gourgout no dejaba de gesticular. Agitaba airosamente sus manos en el aire intentando añadir más palabras de las que podía articular con una sola boca mientras dedicaba innumerables gotas de saliva a mi cara. Por mi parte procuraba mantener la suficiente compostura como para no interrumpir, pero resultaba imposible llevar de vez en cuando mis
manos hasta los ojos intentando calmar el impacto producido por cada uno de sus proyectiles. Trataba de explicar la imposibilidad de darme cobijo aludiendo a lo mal que había estado yendo el negocio durante los últimos meses y, de vez en cuando, recordándome la busca y captura en la que me hallaba. Mostrándome tan impasible como sus fluidos permitían acepté, no sin antes recordarle que si no fuese por mí, años atrás, no existiría ni siquiera el suelo sobre el que estábamos hablando. Al principio creí que mis breves palabras lo habían hecho razonar y finalmente, y muy enfadado, aceptaría acogerme al menos durante una noche ya que su cara estaba completamente desencajada y sus ojos más fijos de lo normal... quizás mucho más de lo normal. 

A mis espaldas podían estar sucediendo dos cosas: o la hembra más hermosa de los planos acababa de cruzar la puerta y Gourgout estaba absorto bajo su hechizo, o bien volvía a tener más de media milicia clavando sus ojos en lugares donde clavarían sus espadas y, puesto que 
ninguna belleza se atrevería a pisar libremente este lugar, comencé la acción evasiva.
Salté tras la barra agarrando al dueño por el cuello mientras desenvainaba una de mis dagas y la apoyaba en su yugular siendo consciente de que jamás
 le haría daño, pero también de que no tenía otra opción si quería tener alguna oportunidad de fuga. Lo que vi frente a mí era lo que había supuesto, pero desde luego no lo esperado; una mujer alta de facciones suaves y delicadas se alzaba con pretensión ante nosotros. Si no hubiese un hombre gordo siendo amenazado en aquel momento entre ella y yo la habría invitado a la primera cerveza, aunque probablemente la habría rechazado pues sus palabras fueron claras: Vendrás conmigo. Tenemos que huir.


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1.4.07

La Taberna del Cerdo Cojo

  Tras largas horas atravesando abruptos caminos llegué hasta ella. No era más que otra parada en un camino que quizás nunca tuviese fin. Al detenerme en su umbral, el olor a cerveza derramada y comida caliente me hizo recordar tiempos mejores, cuando las patrullas no eran más que un grupo de gordos y holgazanes soldados en busca de compañia femenina y un poco de bebida a cambio de reputación. Ahora esos necios se molestaban en hacer su trabajo, 
evitando desempeñar el mío.  En el suelo yacía lo que parecía un humano, magullado y semiinconsciente por una probable y reciente pelea, balbuceando unas incomprensibles 
palabras presumiblemente dirigidas a la madre que había engendrado a su adversario. Nadie le prestaba atención. Tras la barra seguía dispensando alegría a sus clientes el bueno de Gorgout, balanceándose a cada paso que daba por motivo del pequeño accidente que le regaló una pierna nueva a prueba de enfermedades. Quienes llegaban por primera vez al lugar suponían un sarcasmo excelente en el cartel que lo presentaba, pero muy pocos conocían
 el auténtico motivo de tal nombre. Zyack había sido un lechón repudiado por su dueño 
por, precisamente, faltar una de las patas que podría haberle hecho valer una bolsa llena de oro, en lugar de las dos monedas que pagó Gorgout por él. Curiosamente, lo que adquirió para devorar con el tiempo acabó siendo una compañía agradable y vulnerable a la que cuidar, a quien más tarde dedicaría cariñosamente su taberna, demostrando que la pena 
puede llegar a salvar vidas. Cuando Gourgout alzó su cabeza y me vio, sus ojos se iluminaron. No pude evitar sonreír.


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