18.4.07

Cumplir un trato

Entre mi destino y yo tan solo mediaba una puerta. Llevábamos días atravesando pueblos y ciudades para llevar a cabo aquello que vendería mi alma en muerte pero otorgaría libertad en vida. Mi aspecto había sido convertido al de un anciano octogenario, salvo por todas las habilidades que seguían manteniéndose constantes. Gracias a esto tuvimos una gran ventaja para disuadir cualquier sospecha por parte de la gente. Áspera, a pesar de su transformación, seguía irradiando una belleza interplanaria al mundo, convirtiéndola en el blanco perfecto para miradas lujuriosas, lo que me hacía madurar la idea acerca de su auténtico atractivo. Sin embargo, esa cuestión carecía de importancia en aquel momento. Habíamos atravesado las entradas principales y sorteado a los guardias que patrullaban la zona sin llamar la atención. De no ser por las habilidades mágicas de Áspera probablemente habría sido ejecutado si alguien me hubiese encontrado allí en aquel momento. Exhalando un último suspiro inocente abrí la puerta y observé toda la majestuosidad de los aposentos reales, junto a su soberano dándonos la espalda. Procurando cumplir el trato en el menor tiempo posible aferré una de mis dagas vírgenes de sangre y pedí que se volviese. Su rostro no delató ningún tipo de sorpresa al ver un ser hermoso y un anciano armado, lo que en cierto modo resultó una desventaja para mí, pues estaba habituado a comenzar una reyerta en cuanto se abalanzaban intentando defenderse. Con aire grandioso caminaba hacia nosotros mostrando su elegancia real, declarándonos los días aguardados hasta este momento, lo que explicaba su ausencia de asombro. Dejó caer su capa y desenvainó una espada casi tan grande como él, sosteniéndola con una sola mano, para abalanzarse sobre nosotros. Todo ocurrió más rápido de lo deseado. Con una fuerza sobrehumana me arrojó al suelo con su mano libre y lanzó su primera estocada, pero su destinatario no era yo, sino Áspera. Desde el suelo contemplé algo aturdido como había sido ligeramente alcanzada en un brazo, mientras con el otro comenzaba a emitir uno de sus terribles hechizos. En poco tiempo aquello se convirtió en la batalla que jamás había esperado. Un rey completamente desconocido para mí enfrentado a la que había sido mi compañera de viaje durante los últimos días. Los golpes y conjuros fueron sucediendo mientras yo intentaba incorporarme, sin ser consciente de a quien debía temer más; hasta que Áspera cayó al suelo mostrando por primera vez un gesto de dolor. Me tambaleé tan rápido como pude hasta ponerme a la altura de los contendientes pero recibí una patada que volvió a alejarme, junto a una mención acerca del engaño al que me habían sometido un traidor y una tiflin aprovechada. Ahora aquella espada estaba a un dedo de rebanar el cuello más hermoso de Athowyard. Sin saber por qué, supliqué clemencia por su vida. Quizás fue por el tiempo compartido. Quizás por la beldad que amoldaba su rostro. O simplemente porque no veía justo aquel final. Mi rey juzgó el momento con una sola palabra, "jamás", y su espada sentenció.

Aún no me explico cómo pude hacerlo. Antes de que el acero atravesase su cuerpo, mi mano tuvo tiempo de extraer el cristal mágico guardado tan recelosamente para una ocasión desesperada. Podía ser que ninguna existencia no planaria saliese viva de aquello, pero salvaría una vida que extrañamente me importaba. Y la oscuridad llegó...


- Las batallas de los terrenos de Athowyard -