La Taberna del Cerdo Cojo
Tras largas horas atravesando abruptos caminos llegué hasta ella. No era más que otra parada en un camino que quizás nunca tuviese fin. Al detenerme en su umbral, el olor a cerveza derramada y comida caliente me hizo recordar tiempos mejores, cuando las patrullas no eran más que un grupo de gordos y holgazanes soldados en busca de compañia femenina y un poco de bebida a cambio de reputación. Ahora esos necios se molestaban en hacer su trabajo,
evitando desempeñar el mío. En el suelo yacía lo que parecía un humano, magullado y semiinconsciente por una probable y reciente pelea, balbuceando unas incomprensibles
palabras presumiblemente dirigidas a la madre que había engendrado a su adversario. Nadie le prestaba atención. Tras la barra seguía dispensando alegría a sus clientes el bueno de Gorgout, balanceándose a cada paso que daba por motivo del pequeño accidente que le regaló una pierna nueva a prueba de enfermedades. Quienes llegaban por primera vez al lugar suponían un sarcasmo excelente en el cartel que lo presentaba, pero muy pocos conocían
el auténtico motivo de tal nombre. Zyack había sido un lechón repudiado por su dueño
por, precisamente, faltar una de las patas que podría haberle hecho valer una bolsa llena de oro, en lugar de las dos monedas que pagó Gorgout por él. Curiosamente, lo que adquirió para devorar con el tiempo acabó siendo una compañía agradable y vulnerable a la que cuidar, a quien más tarde dedicaría cariñosamente su taberna, demostrando que la pena
puede llegar a salvar vidas. Cuando Gourgout alzó su cabeza y me vio, sus ojos se iluminaron. No pude evitar sonreír.
- Las batallas de los terrenos de Athowyard -
evitando desempeñar el mío. En el suelo yacía lo que parecía un humano, magullado y semiinconsciente por una probable y reciente pelea, balbuceando unas incomprensibles
palabras presumiblemente dirigidas a la madre que había engendrado a su adversario. Nadie le prestaba atención. Tras la barra seguía dispensando alegría a sus clientes el bueno de Gorgout, balanceándose a cada paso que daba por motivo del pequeño accidente que le regaló una pierna nueva a prueba de enfermedades. Quienes llegaban por primera vez al lugar suponían un sarcasmo excelente en el cartel que lo presentaba, pero muy pocos conocían
el auténtico motivo de tal nombre. Zyack había sido un lechón repudiado por su dueño
por, precisamente, faltar una de las patas que podría haberle hecho valer una bolsa llena de oro, en lugar de las dos monedas que pagó Gorgout por él. Curiosamente, lo que adquirió para devorar con el tiempo acabó siendo una compañía agradable y vulnerable a la que cuidar, a quien más tarde dedicaría cariñosamente su taberna, demostrando que la pena
puede llegar a salvar vidas. Cuando Gourgout alzó su cabeza y me vio, sus ojos se iluminaron. No pude evitar sonreír.
- Las batallas de los terrenos de Athowyard -

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